martes, 8 de julio de 2008

La muerte de un romántico

Hoy es el aniversario de la muerte de unos de esos poetas que junto con Byron y Keats dotaron de forma y sustancia al romanticismo, la de Percy Bysshe Shelley (4 de Agosto de 1792 - 8 de Julio de 1822), el marido de la famosa autora del clásico de terror "Frankenstein", Mary Shelley. Las vidas de todos ellos parecen estar en perfecta consonancia con su enfrentamiento al racionalismo ilustrado, predicando la importancia del sentimiento. Y sus muertes no fueron una excepción (ya dejando de lado que lo de morir jovenes fue endémico...).

La historia a medias leyenda, que parece rematar la vida de Shelley, sucedió cuando al fallecer su esposa en 1851 encontraron el corazón de su marido envuelto en un papel, que resultó ser un poema de Keats, muerto en 1821, un año antes que su amigo. Se cuenta que Lord Byron y otros compañeros habían quemado el cuerpo del recién ahogado Percey Shelley en una playa de Viareggio y habían rescatado su corazón ignífugo de entre las cenizas (otras versiones son que se lo extrajeron previamente, o que sufría de una fuerte calcificación y por eso no ardió). Fue enterrado en el cementerio protestante de Roma, pero su mujer conservó su corazón durante durante 30 años...

Digno de un relato de Poe practicamente. El año que viene pasaré por Roma muchas veces así que sin duda visitaré el lugar de reposo de Keats y Shelley, ya pondré fotos por aquí...

Y a continuación podéis leer uno de sus poemas mas conocidos, "Ozymandias", que escribió en competición con un amigo, Horace Smith, están la traducción del de Shelley y los originales de ambos:


Conocí a un viajero de un antiguo país
que dijo: «dos enormes piernas de piedra
se yerguen sin su tronco en el desierto...
junto a ellas, en la arena, semihundido
descansa un rostro hecho pedazos, cuyo ceño fruncido
y mueca en la boca, y desdén de frío dominio,
cuentan que su escultor comprendió bien esas pasiones
que todavía sobreviven, grabadas en la piedra inerte,
a la mano que se mofó de ellas y al corazón que las alimentó.
Y en el pedestal se leen estas palabras:
"Mi nombre es Ozymandias, rey de reyes:
¡Contemplad mis obras, oh poderosos, y desesperad!"
No queda nada a su lado. Alrededor de las ruinas
de ese colosal naufragio, infinitas y desnudas
se extienden las solitarias y llanas arenas.»


I met a traveller from an antique land
Who said: Two vast and trunkless legs of stone
Stand in the desert... Near them, on the sand,
Half sunk, a shattered visage lies, whose frown,
And wrinkled lip, and sneer of cold command,
Tell that its sculptor well those passions read
Which yet survive, stamped on these lifeless things,
The hand that mocked them, and the heart that fed:
And on the pedestal these words appear:
'My name is Ozymandias, king of kings:
Look on my works, ye Mighty, and despair!'
Nothing beside remains. Round the decay
Of that colossal wreck, boundless and bare
The lone and level sands stretch far away.

Percy Bysshe Shelley, 1818


In Egypt's sandy silence, all alone,
Stands a gigantic Leg, which far off throws
The only shadow that the Desart knows: --
"I am great OZYMANDIAS," saith the stone,
"The King of Kings; this mighty City shows
"The wonders of my hand." -- The City's gone, --
Nought but the Leg remaining to disclose
The site of this forgotten Babylon.

We wonder, -- and some Hunter may express
Wonder like ours, when thro' the wilderness
Where London stood, holding the Wolf in chace,
He meets some fragments huge, and stops to guess
What powerful but unrecorded race
Once dwelt in that annihilated place.

Horace Smith, 1818

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